
Ha hecho frío, mucho frío... y calor, mucho calor... Y me han dado ganas de escribir toda la semana. Porque estos días ambiguos, me han generado sensaciones ambiguas. Porque no hay peor sensación que la de sentir frío cuando hace calor y... viceversa. El cuerpo no se acostumbra, el termostato se vuelve loco y, claro, los resfríos están a la vuelta de la esquina. Como el que sufrí yo esta semana. Cuando con 30 grados de calor me encontraba muerta de frío envuelta en el plumón que tuve que desempolvar de la bodega para volverlo a colocar en la cama.
Y es más que el resfrío, es más que el calor, es más que la fiebre... son esos ambiguos días de frío los que me han hecho dar vueltas la cabeza. Inevitablemente he comenzado a pensar en esa sensación: de sentir frío cuando debemos sentir calor.
¿Por qué? No sé. Será que uno lucha contra uno mismo. Será que son engaños del termostato del cuerpo. Será que esos pequeños tres segundos que bastan para saber con certeza lo que sentimos nos engañan más de la cuenta... y entra la confusión, el caos, la piel de gallina de sentir que hay una brisa que nos alerta de lo que estamos haciendo.
El otro día hablaba con alguien sobre el blog de hace un par de semanas. De cómo el cambio si no es natural, no es cambio. De cómo las ganas, si no son propias, no son ganas. De cómo, de una u otra manera, volvemos a la esencia. Siempre a la esencia. Aunque no lo queramos y nos frenemos.
Porque somos lo que somos. Y aunque los egipcios tomen té caliente para combatir el calor del desierto, es mucho mejor dormir abrigaditos en invierno y sacarnnos la ropa en verano. Es mucho mejor sentir frío en invierno y calor en verano. Así nos evitamos los resfríos. Me evito los resfríos... y dejo que la vida fluya... como debe y tiene que fluir.
PD: Placer culpable: Comer helados en invierno. No hay nada mejor :)
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