
Hay momentos en que la vida sonríe. No porque pase algo en particular. Simplemente, porque como hay momentos malos, también hay momentos buenos... Y en estos días le he dado vuelta mucho a esa sensación: los momentos buenos. Ese gustito más dulce que amargo que van dejando las cosas...
Todo partió la semana pasada. Por cosas de la vida me encontré en messenger con Javier antes dede partir de fin de semana largo a Camboriú con la gente de la oficina. Javier buscaba inspiración para su próxima columna de la revista del Domingo... y nos pusimos a conversar... de mi fin de semana largo... de mis viajes... de mis anécdotas... y me puse a recordar todos esos momentos que he tenido la suerte de vivir en los muchos viajes que he podido hacer. Largos, cortos, da igual... la felicidad de subirse al avión siempre ha sido máxima.
Cómo olvidar la célebre vez que mi querida Sonia me dice en el aeropuerto de Barcelona a las 3 de la mañana cuando nos dirigíamos a Dublín en un viaje absolutamente planeado: "Chama, y qué mierda vamos a ver en Dublín". Y yo le contesté: "Pero chama, pensé que eso lo sabías tú". Y nos largamos a reír. Largamente. O cuando en ese mismo viaje decubrimos a Angelo. Un amable siciliano que nos mostró Roma en sólo 40 minutos. O cuando en un viaje romántico de San Valentín a San Francisco llegué con mi sweetheart de entonces a celebrar un 14 de febrero a un hotel donde nos entregaban el papel confort en la recpeción: "porque la gente se lo roba señorita". Iuuuuu!!!! O cuando caminando un día cualquiera por las callecitas de Roma, en un viaje relámpago, mientras yo vivía en Madrid, me encontré en una esquina con Ryan, uno de mis amigos del intercambio en San Diego, al que no veía hacía 7 años... Tal cual... Así como cuando uno se encuentra con alguien en el Paseo Ahumada o en el Parque Arauco, tal cual...
Uff... anécdotas miles... Pero anécdotas que siempre me han dejado un gustito bueno. Ese que reina por estos días y que me ha esbozado más de una sonrisa por estos días. No por los recuerdos, no por las memorias, sino por el simple gusto de que en estos días he pensado más en lo bueno que en lo malo.
Y así han transcurrido los días... Conversaciones dulces y sinceras, como las con la Rosita en Brasil, reuniones de amigos con mucho cariño y mucha carisma, y la felicidad de saber que mi vida universitaria al parecer va a dar otro gran paso... Cositas de gusto dulce... Ojalá que el sabor dure mucho tiempo más... Al menos anoche gané $10.000 en el póker... Eso es un buen augurio :)
PD: Para los que no leyeron, Javier me dedicó su última columna de la Revista del Domingo del 15 de abril. He aquí el texto. Ejem, ejem... Estoy bien orgullosa :)
Todo partió la semana pasada. Por cosas de la vida me encontré en messenger con Javier antes dede partir de fin de semana largo a Camboriú con la gente de la oficina. Javier buscaba inspiración para su próxima columna de la revista del Domingo... y nos pusimos a conversar... de mi fin de semana largo... de mis viajes... de mis anécdotas... y me puse a recordar todos esos momentos que he tenido la suerte de vivir en los muchos viajes que he podido hacer. Largos, cortos, da igual... la felicidad de subirse al avión siempre ha sido máxima.
Cómo olvidar la célebre vez que mi querida Sonia me dice en el aeropuerto de Barcelona a las 3 de la mañana cuando nos dirigíamos a Dublín en un viaje absolutamente planeado: "Chama, y qué mierda vamos a ver en Dublín". Y yo le contesté: "Pero chama, pensé que eso lo sabías tú". Y nos largamos a reír. Largamente. O cuando en ese mismo viaje decubrimos a Angelo. Un amable siciliano que nos mostró Roma en sólo 40 minutos. O cuando en un viaje romántico de San Valentín a San Francisco llegué con mi sweetheart de entonces a celebrar un 14 de febrero a un hotel donde nos entregaban el papel confort en la recpeción: "porque la gente se lo roba señorita". Iuuuuu!!!! O cuando caminando un día cualquiera por las callecitas de Roma, en un viaje relámpago, mientras yo vivía en Madrid, me encontré en una esquina con Ryan, uno de mis amigos del intercambio en San Diego, al que no veía hacía 7 años... Tal cual... Así como cuando uno se encuentra con alguien en el Paseo Ahumada o en el Parque Arauco, tal cual...
Uff... anécdotas miles... Pero anécdotas que siempre me han dejado un gustito bueno. Ese que reina por estos días y que me ha esbozado más de una sonrisa por estos días. No por los recuerdos, no por las memorias, sino por el simple gusto de que en estos días he pensado más en lo bueno que en lo malo.
Y así han transcurrido los días... Conversaciones dulces y sinceras, como las con la Rosita en Brasil, reuniones de amigos con mucho cariño y mucha carisma, y la felicidad de saber que mi vida universitaria al parecer va a dar otro gran paso... Cositas de gusto dulce... Ojalá que el sabor dure mucho tiempo más... Al menos anoche gané $10.000 en el póker... Eso es un buen augurio :)
PD: Para los que no leyeron, Javier me dedicó su última columna de la Revista del Domingo del 15 de abril. He aquí el texto. Ejem, ejem... Estoy bien orgullosa :)
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Fin de semana largo
Javier Fuica
Ha salido un nuevo estilo de viaje. Y yo no lo sabía. O más bien, no me había dado cuenta de que tanta gente lo practicaba. Hablo del viaje corto al extranjero, ese que aprovecha los fines de semana largos. Así como hay quienes copan las carreteras rumbo a la costa cada vez que hay un viernes o un lunes rojo en el calendario, así también hay una creciente tropa de avispados que toman el avión en esas mismas fechas. Y se pasan tres días en el Nordeste brasileño echados en una playa, o tres días en Buenos Aires haciendo crecer su stock de libros, discos y kilos, o tres días en Lima para comer exquisito y vitrinear antigüedades.La clave del asunto, parece, está en no irse muy lejos. Claro, si tienes sólo 72 horas para aprovechar un lugar, pasar más de diez de ellas arriba de un avión es claramente una mala movida. Por eso estos viajes son, por llamarlos de algún modo, regionales. Y sus cultores son tipos muy bien informados. Saben bucear en el zigzagueante mundo de las tarifas aéreas y saben cuál es el restaurante, cuál la tienda y cuál el espectáculo al que uno debe ir. Se trata de un viaje relámpago y ultraconcentrado con varias gracias adicionales: a) como todo es rápido resulta casi imposible que un sitio no te guste; b) si no te gusta, siempre puedes decir que le dedicaste poco tiempo al lugar; c) con buena planeación e informándote adecuadamente, puedes ir al mismo sitio tres o cuatro veces y nunca te parecerá igual.Es cierto que todo esto suena poco romántico. Poco "viajero" y muy "turístico". Pero no estoy tan seguro. Tengo una amiga que trabaja en una aerolínea y que es una early adopter en esto de los viajes relámpago. Ella dice que la experiencia más intensa que ha tenido en un viaje la vivió una vez que estuvo tres horas en Roma. Resulta que ese era el tiempo que tenía, mientras hacía escala rumbo a Dublín. Rápidamente tomó el tren que va desde el aeropuerto a la ciudad, dispuesta a sacarle el jugo a su escaso tiempo. Ya en el tren, se puso a conversar con un hombre algo mayor. Y este señor, que por esas cosas de la vida se llamaba Angelo, se ofreció a ser su guía en los 40 minutos que mi amiga pasaría en la capital italiana. Angelo pagó el taxi desde la estación de trenes hasta el centro, y le mostró a mi amiga la Fontana de Trevi, la Piazza Navona y el Panteón. Luego le compró un helado, la subió a un taxi de regreso y se perdió trás el intenso caos romano.Este fin de semana largo - escribo esto antes de Semana Santa- mi amiga se va a Florianópolis con sus compañeros de oficina. Le pregunto si en todos sus viajes relámpago tiene experiencias como la de Roma. Y me dice: "No, pero la sola idea de que ocurra algo así me hace mirar con ilusión cualquier próximo viaje".
Javier Fuica.
Fin de semana largo
Javier Fuica
Ha salido un nuevo estilo de viaje. Y yo no lo sabía. O más bien, no me había dado cuenta de que tanta gente lo practicaba. Hablo del viaje corto al extranjero, ese que aprovecha los fines de semana largos. Así como hay quienes copan las carreteras rumbo a la costa cada vez que hay un viernes o un lunes rojo en el calendario, así también hay una creciente tropa de avispados que toman el avión en esas mismas fechas. Y se pasan tres días en el Nordeste brasileño echados en una playa, o tres días en Buenos Aires haciendo crecer su stock de libros, discos y kilos, o tres días en Lima para comer exquisito y vitrinear antigüedades.La clave del asunto, parece, está en no irse muy lejos. Claro, si tienes sólo 72 horas para aprovechar un lugar, pasar más de diez de ellas arriba de un avión es claramente una mala movida. Por eso estos viajes son, por llamarlos de algún modo, regionales. Y sus cultores son tipos muy bien informados. Saben bucear en el zigzagueante mundo de las tarifas aéreas y saben cuál es el restaurante, cuál la tienda y cuál el espectáculo al que uno debe ir. Se trata de un viaje relámpago y ultraconcentrado con varias gracias adicionales: a) como todo es rápido resulta casi imposible que un sitio no te guste; b) si no te gusta, siempre puedes decir que le dedicaste poco tiempo al lugar; c) con buena planeación e informándote adecuadamente, puedes ir al mismo sitio tres o cuatro veces y nunca te parecerá igual.Es cierto que todo esto suena poco romántico. Poco "viajero" y muy "turístico". Pero no estoy tan seguro. Tengo una amiga que trabaja en una aerolínea y que es una early adopter en esto de los viajes relámpago. Ella dice que la experiencia más intensa que ha tenido en un viaje la vivió una vez que estuvo tres horas en Roma. Resulta que ese era el tiempo que tenía, mientras hacía escala rumbo a Dublín. Rápidamente tomó el tren que va desde el aeropuerto a la ciudad, dispuesta a sacarle el jugo a su escaso tiempo. Ya en el tren, se puso a conversar con un hombre algo mayor. Y este señor, que por esas cosas de la vida se llamaba Angelo, se ofreció a ser su guía en los 40 minutos que mi amiga pasaría en la capital italiana. Angelo pagó el taxi desde la estación de trenes hasta el centro, y le mostró a mi amiga la Fontana de Trevi, la Piazza Navona y el Panteón. Luego le compró un helado, la subió a un taxi de regreso y se perdió trás el intenso caos romano.Este fin de semana largo - escribo esto antes de Semana Santa- mi amiga se va a Florianópolis con sus compañeros de oficina. Le pregunto si en todos sus viajes relámpago tiene experiencias como la de Roma. Y me dice: "No, pero la sola idea de que ocurra algo así me hace mirar con ilusión cualquier próximo viaje".
Javier Fuica.
2 comentarios:
Mi lolín!
Conocí la historia de Angelo algunos días antes de la columna, y me pareció preciosa y simple, tanto como tu post, que me hizo recordar muchas cosas simples y entretes que me han pasado en los viajes. Qué bueno que escribes de nuevo. Y muchas felicidades, porque no todos los días alguien te dedica una columna, y menos en la revista Domingo en Viaje. Una vez más se cumple la premisa: eres TOP lolín!
Un abrazote!
Qué buena lolín... Genial la historia, la columna, y la buena onda. Oye pero me queda una pregunta... qué pasará en la U? Me quedé metida con eso... Escríbeme.
Besos desde esa ciudad donde vive tu amiga Sonia...Y donde empezó ese viaje a Dublín.
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